Pinazo gana en una elección marcada por la baja participación y la proscripción
- Tesis XI - UNGS

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Actualizado: hace 4 días
Las elecciones de la UNGS dejaron un oficialismo que conserva el control institucional, pero sobre una participación muy baja y un proceso atravesado por la proscripción de nuestra lista. Un balance de los resultados y de los desafíos que deja este escenario.
Por: Agustina Barrios

Pasaron las elecciones de Consejo Superior y Rectorado una vez más en la UNGS. Como era previsible, el rector Germán Pinazo salió rápidamente a presentar los resultados como una demostración de fortaleza y participación récord. Sin embargo, una mirada un poco más detenida muestra una realidad bastante distinta.
Es cierto que hubo un crecimiento respecto a la elección de 2024, que fue excepcionalmente baja en participación. Pero también es cierto que la participación sigue por debajo de las elecciones posteriores a la pandemia. El dato más significativo es que en el claustro estudiantil, el más numeroso de la universidad, es donde se concentra esa abstención.
Sobre un padrón de 12.696 estudiantes votaron apenas 1.934. Es decir, solamente participó el 15% del padrón y el 85% decidió no hacerlo. Pero incluso estos datos subestiman la dimensión del problema. El padrón estudiantil ya no representa al conjunto de quienes cursan en la UNGS, sino a un sector restringido por los mecanismos administrativos de la propia universidad. Es decir, la cantidad de estudiantes que efectivamente participa de la elección es todavía menor si se la compara con el total de quienes transitan la universidad.
La situación es todavía más llamativa si se observa por instituto. En el Instituto de Ciencias (ICI), el más grande de la universidad, votó apenas el 11,5% del padrón. En ningún instituto la participación superó el 22%.
Con estos datos, resulta difícil compartir el triunfalismo del rectorado. Estamos frente a una elección donde el oficialismo conserva su predominio institucional en un contexto de apatía y baja participación. Cabe mencionar que, como es de costumbre ya en la UNGS, hubo lista única para rectorado.
A esto se suma otro hecho imposible de ignorar: estas elecciones estuvieron atravesadas por la proscripción de nuestra lista.
Desde En Clave Roja - Pan y Rosas, la corriente de Myriam Bregman, presentamos nuestras listas con todas las condiciones que impone el reglamento electoral de la UNGS. Sin embargo, la Junta Electoral decidió modificar unilateralmente el nombre de nuestra lista e imponernos una sigla completamente ajena a nuestra identidad política. En un acto autoritario, la Junta Electoral de la universidad se arrogó el derecho a decidir cómo debía llamarse la lista de una fuerza política opositora. Cabe conocer la composición de la misma para entender esta decisión. Su núcleo responde a distintos sectores del peronismo y fundamentalmente del rectorado. Los mismos sectores que votan el recorte presupuestario año tras año y, como en el caso de El Puente, la conducción del Centro de Estudiantes, que además en el 2025 se autoextendio el mandato mediante una reforma trucha del estatuto del centro.
Lamentablemente, esta orientación no solo fue impulsada por la gestión, también fue avalada por sectores de la izquierda de adaptación al régimen universitario. El caso más evidente fue el de El Yunque (Partido Obrero), que formó parte de la Junta Electoral y firmó el cambio del nombre de nuestra lista, luego de haber sido beneficiado con el derecho exclusivo a mantener el nombre FEI. En esa misma lógica avaló que la Junta modificara arbitrariamente nuestra denominación y terminó repitiendo en su balance el mismo argumento del rectorado: que no hubo proscripción sino "simplemente un cambio de nombre". Esa adaptación también se expresó en la decisión de mantener una lista común con el Ya Basta (Nuevo MÁS), una organización que desde hace años reivindica métodos de agresión contra otras fuerzas de izquierda y que recientemente volvió a hacerlo con los ataques contra Luca Bonfante. Son métodos completamente ajenos a una política de frente único y de independencia de clase, que vamos a seguir enfrentando.
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La adaptación al régimen no aparece solamente en debates programáticos. También se expresa cuando las presiones institucionales llevan a naturalizar procedimientos antidemocráticos o a priorizar determinados acuerdos antes que una defensa consecuente de la independencia política.
Tampoco fue una discusión que surgiera con estas elecciones. Meses antes habíamos sido la única agrupación estudiantil que se negó a subir al palco oficial durante la última marcha universitaria. No se trataba de un gesto simbólico. Mientras gran parte de las agrupaciones compartía ese escenario junto a las autoridades universitarias, desde En Clave Roja advertíamos que el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), que reúne a los rectores de las universidades nacionales, avanzaba en una negociación con el gobierno de Javier Milei que terminaría aceptando una recomposición salarial muy por debajo de la pérdida acumulada por la docencia y nodocencia universitaria: una paritaria que dejaba los salarios alrededor de un 30% por debajo de lo que establecía la propia Ley de Financiamiento Universitario.
Tiempo después, la Justicia ordenó al Estado cumplir con la Ley de Financiamiento Universitario. Ese fallo mostró que existía una vía para exigir el cumplimiento de la ley que las autoridades universitarias habían dejado en un segundo plano al priorizar una negociación a la baja con el gobierno. Mientras el resto de las agrupaciones acompañó esa orientación o guardó silencio, fuimos la única fuerza que la cuestionó públicamente desde el principio.
Esas mismas corrientes en la UNGS no dijeron una palabra sobre el posicionamiento del rector respecto al acuerdo del CIN con el gobierno de Milei. Tampoco sobre la promoción de convenios y becas con universidades del Estado de Israel por parte del mismo rectorado. En ambos casos fuimos la única agrupación estudiantil que cuestionó estas cosas públicamente.
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De conjunto, el régimen universitario consiguió llegar a la elección sin que se rompiera el clima de normalidad que intentó construir durante toda la campaña. No era un escenario sencillo. La pelea contra la proscripción fue una pelea a contracorriente. Chocó no sólo con la gestión y el aparato institucional sino también con un sentido que buscaron instalar de que el conflicto era una simple disputa entre agrupaciones.
Una normalidad con límites evidentes.
En términos electorales, el oficialismo conservó cómodamente el control institucional y el resto de las fuerzas mantuvieron, con variaciones menores, sus representaciones. Sin embargo, esos resultados deben leerse a la luz de una elección atravesada por la baja participación y la proscripción de nuestra lista. El respaldo con el que el rectorado sostiene su conducción descansa sobre una universidad con una participación persistentemente baja y donde, en la elección de rector —con la lista única Pinazo-Smola—, el voto en blanco alcanzó niveles elevados en todos los claustros: casi un 18% sobre el total de votantes considerando estudiantes, graduados, docentes y no docentes. Entre los estudiantes el voto en blanco y nulo rondó el 15%, entre los docentes superó el 22%, y entre los no docentes alcanzó casi el 28%, convirtiéndose prácticamente en la segunda expresión política de este claustro.
Sabemos que estos niveles de voto en blanco son muy parecidos a los del 2022, apenas un 5% más bajo, pero no dejan de ser un dato porque no parecen precisamente los números de una comunidad universitaria plenamente identificada con sus autoridades y sus instituciones. Muestran una gestión que, como decíamos, conserva el control institucional, pero sobre una política universitaria cada vez más estrecha, más despolitizada y más alejada de la participación efectiva de la comunidad universitaria.
La proscripción de nuestra lista fue parte de esa misma orientación. Una orientación que busca negociar por arriba, administrar el ajuste y disciplinar por abajo a quienes cuestionan ese rumbo.
Por eso la pelea abierta contra nuestra proscripción no termina con estas elecciones. Al contrario. El desafío que abre este proceso es el de construir una corriente estudiantil que enfrente al rectorado, al CIN y a todas las burocracias universitarias no solo desde el discurso, sino en los hechos.
Una corriente de estudiantes organizados, ligada al movimiento obrero, solidaria con los sectores oprimidos, que rompa con el individualismo y la pasividad que reproduce la vida universitaria. Una corriente que haga de la independencia política no una declaración sino una práctica política. Ese es el horizonte que nos planteamos, y la pelea dada en estas elecciones son el punto de partida.



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