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Tribuna Literaria

19 ago
3 min de lectura

Actualizado: 20 ago



A través de una mirada incisiva que entrelaza la resistencia política y la exploración del lenguaje, las poetas Abigail Eugenia y Sabrina Altamirano convergen en un espacio de revelación y memoria. En Mujer, morena y latina, Abigail Eugenia expone con crudeza la vulnerabilidad, la migración y la impronta del patriarcado sobre una identidad marcada por el miedo y la xenofobia. Por su parte, Sabrina Altamirano despliega una búsqueda íntima y reflexiva en Escribir, donde la palabra habita las grietas de lo cotidiano para nombrar aquello que se desvanece, mientras que en El centro de la creación sumerge al lector en un paisaje sensorial y orgánico donde el deseo y la naturaleza se funden en el origen de la vida. Esta colaboración reúne voces singulares que transforman el dolor, el silencio y la materia en actos de profunda creación poética.  


Si queres compartir tu poesía, este es tu espacio:


1) Autora: Abigail Eugenia

 

Mujer, morena y latina 


Soy una sociedad,

nací en un molde,

asfixiada entre normas

que cierran como esposas

por mi terquedad.


Sometida en una ideología,

donde me tiembla la vida,

 

se me quema el pulso

y sonríen mientras ardo.

 

Nací mujer y vivo con miedo.


Bendito patriarcado:

me respira en la nuca

su legado,

ya no me seduzcan la mente ​

que le tengo miedo a su gente.

Soy latina, morena, inmigrante,

de un país con dictadura.

El miedo

me mantiene respirando.

 

En el pecho

llevo un volcán

fingiendo calma.

 

La xenofobia atorada entre lágrimas…

 

Dicen que soy una sociedad.

 

Y yo solo quería

que mi cuerpo

no fuera sentencia.


2) Autora: Sabrina Altamirano


Escribir

Escribo desde el filo de lo no dicho,

desde la lengua que se suprime

cuando el mundo exige claridad.

Escribo en la pausa,

en el hueco entre una palabra y otra,

en el margen,

en la grieta del discurso.

No tiene lugar y ocupa todos los espacios:

la cocina,

la calle,

el cuerpo,

la ausencia,

el habitar el aire, las sombras,

el borde de las cosas

y el rato muerto,

ese cuando el mundo queda en silencio

esperando la revelación mínima.

Escribir interrumpe y desordena,

no explica sin que algo se rompa;

sin embargo anotamos con una obstinación vieja

sosteniendo lo invisible,

dándole cuerpo a lo momentáneo

aunque se desvanezca,

al terminar de nombrarlo.

Sé lo que busco en esta costumbre

inacabada:

el miedo a descubrir

que nuestra vida se vuelve otra,

con su incertidumbre y melancolía

Y mañana al despertar

buscaré mi voz entre los signos,

porque los recuerdos aparecen

solo cuando los leo.


El centro de la creación


Oigo un pulso,

el que la distancia madura

debajo de la piel.

Bebo de tu savia una cartografía

ciega y húmeda,

ajena a la razón.

No es la sed,

sino el peso de los cuerpos

regresando lentamente

a la misma orilla,

allí donde los deltas se abren

antes de confundirse.

Hay una lentitud de raíz en tus pliegues,

un espesor tibio

descifrando el instante

en que mi boca abandona la palabra

y desciende sobre tu vertiente.

Besaré tus ríos con paciencia,

hundiendo la noche debajo de tu lengua,

duplicando los cielos

en la respiración entrecortada de la tierra.

Nada apresura este descenso.

Reconozco el rastro de tu cauce

mientras me hundo

en el barro fértil de tu sombra abierta.

No busco la superficie.

Quiero la profundidad del árbol,

sus raíces expandiéndose

en medio de mi vientre.

Somos la tensión exacta

del fruto que madura hasta quebrarse,

la entrega lenta

de los cuerpos saturados de sí mismos.

Y el silencio,

húmedo todavía,

late en el centro de la creación.


 
 
 

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