Tribuna Literaria
Actualizado: 20 ago

A través de una mirada incisiva que entrelaza la resistencia política y la exploración del lenguaje, las poetas Abigail Eugenia y Sabrina Altamirano convergen en un espacio de revelación y memoria. En Mujer, morena y latina, Abigail Eugenia expone con crudeza la vulnerabilidad, la migración y la impronta del patriarcado sobre una identidad marcada por el miedo y la xenofobia. Por su parte, Sabrina Altamirano despliega una búsqueda íntima y reflexiva en Escribir, donde la palabra habita las grietas de lo cotidiano para nombrar aquello que se desvanece, mientras que en El centro de la creación sumerge al lector en un paisaje sensorial y orgánico donde el deseo y la naturaleza se funden en el origen de la vida. Esta colaboración reúne voces singulares que transforman el dolor, el silencio y la materia en actos de profunda creación poética.
Si queres compartir tu poesía, este es tu espacio:
1) Autora: Abigail Eugenia
Mujer, morena y latina
Soy una sociedad,
nací en un molde,
asfixiada entre normas
que cierran como esposas
por mi terquedad.
Sometida en una ideología,
donde me tiembla la vida,
se me quema el pulso
y sonríen mientras ardo.
Nací mujer y vivo con miedo.
Bendito patriarcado:
me respira en la nuca
su legado,
ya no me seduzcan la mente
que le tengo miedo a su gente.
Soy latina, morena, inmigrante,
de un país con dictadura.
El miedo
me mantiene respirando.
En el pecho
llevo un volcán
fingiendo calma.
La xenofobia atorada entre lágrimas…
Dicen que soy una sociedad.
Y yo solo quería
que mi cuerpo
no fuera sentencia.
2) Autora: Sabrina Altamirano
Escribir
Escribo desde el filo de lo no dicho,
desde la lengua que se suprime
cuando el mundo exige claridad.
Escribo en la pausa,
en el hueco entre una palabra y otra,
en el margen,
en la grieta del discurso.
No tiene lugar y ocupa todos los espacios:
la cocina,
la calle,
el cuerpo,
la ausencia,
el habitar el aire, las sombras,
el borde de las cosas
y el rato muerto,
ese cuando el mundo queda en silencio
esperando la revelación mínima.
Escribir interrumpe y desordena,
no explica sin que algo se rompa;
sin embargo anotamos con una obstinación vieja
sosteniendo lo invisible,
dándole cuerpo a lo momentáneo
aunque se desvanezca,
al terminar de nombrarlo.
Sé lo que busco en esta costumbre
inacabada:
el miedo a descubrir
que nuestra vida se vuelve otra,
con su incertidumbre y melancolía
Y mañana al despertar
buscaré mi voz entre los signos,
porque los recuerdos aparecen
solo cuando los leo.
El centro de la creación
Oigo un pulso,
el que la distancia madura
debajo de la piel.
Bebo de tu savia una cartografía
ciega y húmeda,
ajena a la razón.
No es la sed,
sino el peso de los cuerpos
regresando lentamente
a la misma orilla,
allí donde los deltas se abren
antes de confundirse.
Hay una lentitud de raíz en tus pliegues,
un espesor tibio
descifrando el instante
en que mi boca abandona la palabra
y desciende sobre tu vertiente.
Besaré tus ríos con paciencia,
hundiendo la noche debajo de tu lengua,
duplicando los cielos
en la respiración entrecortada de la tierra.
Nada apresura este descenso.
Reconozco el rastro de tu cauce
mientras me hundo
en el barro fértil de tu sombra abierta.
No busco la superficie.
Quiero la profundidad del árbol,
sus raíces expandiéndose
en medio de mi vientre.
Somos la tensión exacta
del fruto que madura hasta quebrarse,
la entrega lenta
de los cuerpos saturados de sí mismos.
Y el silencio,
húmedo todavía,
late en el centro de la creación.




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