El imperativo masculino: Freud, tabú y la cárcel de la masculinidad
¿Qué significa ser un hombre? ¿Cuánto de aquello que entendemos como “masculinidad” responde realmente a nuestros deseos y cuánto a mandatos que aprendimos a cumplir? En este ensayo, Matias Sol Ferre, estudiante de Filosofía de la UNSAM, recorre estas preguntas a partir de Freud, el concepto de tabú y las formas contemporáneas de pertenencia masculina.

En los pasillos de la facultad, en las charlas junto al bidón de agua de la oficina, incluso en las juntadas con amigos, existe un código no escrito que todo hombre conoce. Sin importar el lugar o el contexto de la conversación, mientras haya hombres presentes, este código de comportamiento se sigue con severidad. Desde el tono de voz, la forma de pararse, lo que decimos y la distancia apropiada a mantener con otros, todo esto y más se encuentra en este código. ¿De dónde provienen estos mandatos? Quizás de todo aquello que nos enseñaron a no ser: porque la masculinidad no se construye solo con lo que hacemos, sino también con todo lo que sentimos que no podemos hacer, decir o mostrar. Es exhaustivo respetarlos, ¿pero por qué no podemos dejarlos de lado?
Este ensayo nace de una observación prolongada, en este caso, desde la mirada particular de un hombre criado entre mujeres que solo a fines de su adolescencia comenzó a sumergirse en los grupos sociales conformados casi exclusivamente por hombres. El género, su expresión y la sexualidad y el cómo esto se refleja en la cultura globalizada es un tema fascinante en mí opinión. Se conecta con la cuestión de la condición humana que recorre la historia de la filosofía, la necesidad de definirnos y demostrar aquello que nos diferencia de todo animal, otro tema de mi interés. Podemos recurrir al argumento aristotélico de que aquello que nos separa del resto de especies es nuestra razón1 o, al igual que Alfred Kroeber, argumentar que sólo los humanos tienen cultura2 y es esto lo que nos hace diferentes. ¿Será que nuestra forma clasificatoria de pensar nos define y por eso creamos tantas cajas cada vez más pequeñas, como el género, para explicarnos?
Tiendo a considerar que la respuesta es más simple y, contradictoriamente, más compleja. Es en la obra de Sigmund Freud donde encuentro un marco para reformular la pregunta del ser: ¿y si la clave no está en lo que nos une, sino en lo que nos divide? La obra de Freud me invita a considerar que el ser humano podría entenderse mejor no por una esencia, sino por un conflicto fundamental entre el deseo y la renuncia, una negociación constante que la vida en comunidad nos impone.
Es desde esta perspectiva que surge mi pregunta central: ¿qué es, entonces, la masculinidad, sino una de las formas más elaboradas y dolorosas de esta negociación? ¿Qué significa esto para la feminidad? Este ensayo intentará responder estas dos preguntas.
Masculinidad totémica
Freud analiza en Tótem y tabú distintas sociedades indígenas, intrigado por la vida anímica de estas sociedades. El fin de su trabajo es analizar el aparato anímico de estas sociedades “primitivas” como un estadio previo a nuestro aparato anímico actual, utilizando las concordancias anímicas como prueba de su teoría.3
Antes de continuar con el ensayo, es imprescindible definir los términos “tótem” y “tabú” como lo hace Freud en su obra del mismo nombre. Las sociedades indígenas de Australia se diferencian entre ellas mediante el sistema totémico, en el cual un grupo se asigna un tótem (un animal, una planta, una fuerza natural) a forma de ancestro común, que también funciona como guardián espiritual. Esto logra mantener un vínculo de parentesco entre todos los miembros del tótem.4 Cuando trasladamos el tótem a nuestra sociedad actual y tenemos una vista general de la cultura occidental, encontramos totemismos en todos lados.
Muchas veces ocurre que las personas dejan que un aspecto específico de su humanidad los defina, de esta forma creando un tótem que puede variar en simbolismo, al poder tratarse de un tótem mundano, tal vez político, religioso o arraigado a un espacio físico particular, hasta un tótem más específico relacionado con gustos o disgustos, preferencias y excentricidades compartidas. Todos buscamos desesperadamente un grupo, una comunidad con este mismo tótem. No desarrollamos una serie de vínculos de parentesco como en el caso de las tribus australianas5, pero nos aislamos de otros grupos y desarrollamos un rechazo por todo aquello que sea ajeno a nuestra comunidad totémica.
Entonces, si hoy en día el tótem puede ser tan variado, ¿por qué nos inclinaríamos a asumir que no existe un tótem arraigado a la masculinidad? ¿No es en sí la masculinidad un tótem?Podemos entonces utilizar la noción freudiana de tótem para pensar la masculinidad contemporánea como una forma de pertenencia que define y delimita nuestro ser como masculinidades. No se trata de que Freud haya afirmado esto, sino de una posible lectura que tomo de sus categorías para analizar el presente.
La masculinidad es comprendida, en rasgos generales, como aquello que define a un hombre, entonces tomémonos un momento para reunir las características asociadas con la masculinidad. La seriedad, la autosuficiencia, la competencia, la agresividad, la valentía, son algunos de los carácteres que asociamos con la personalidad masculina6 y los cuales asociamos con distintos arquetipos históricos que encarnan estas características: por ejemplo, los vikingos, los griegos pertenecientes a la escuela estoica, los samuráis del Japón feudal con su “código de honor”, los cowboys del lejano oeste, o incluso grupos contemporáneos como los cuerpos de fuerzas especiales militares. Estos arquetipos funcionan como manifestaciones históricas del mismo tótem masculino: el ideal del hombre como ser impasible, autosuficiente y capaz de ejercer su fuerza o dominio sobre sí mismo y su entorno. Lo crucial es que cada época y cada subcultura actualiza el mismo tótem básico con sus propios ropajes.
Si queremos citar ejemplos contemporáneos de la masculinidad ideal, podemos mencionar arquetipos como el emprendedor de Silicon Valley como Steve Jobs o Elon Musk, “influencers” fitness como Liver King, dos arquetipos que pueden culminar un tercero personificado por personajes como Andrew Tate. Todos estos hombres, a pesar de sus diferencias, representan los mismos arquetipos de “masculinidad ideal” que forma el tótem de, por llamarlo de alguna manera, “la tribu masculina”.
Tabú femenino
Pero un tótem no existe en el vacío. Para preservar su pureza, debe ser protegido por una serie de tabúes. Esas prohibiciones internalizadas que, como señala Freud, se experimentan no como leyes racionales sino como mandatos obvios e incuestionables, cuya violación genera horror.7 ¿Por qué este horror? Porque el tabú no prohíbe algo externo, sino un impulsio interno y reprimido que todos comparten.8 Al ver a alguien transgredir el tabú, los miembros del grupo no solo ven un acto prohibido: ven realizado un impulso que ellos mismos deben contener.9 Esto desata el miedo al contagio, el terror de que la transgresión se expanda como una enfermedad, disolviendo las fronteras que mantienen unida a la comunidad.10
El caso más revelador del temor al “contagio femenino” es el pánico a la homosexualidad (históricamente asociada con lo femenino) en los grupos masculinos. Cuando un hombre es percibido como gay, el rechazo que genera es desproporcionado. No se trata solo de homofobia como prejuicio individual, sino del terror inconsciente a que su mera presencia "contamine" a los demás miembros del grupo. Este pánico al contagio se ve retratado en distintos ejemplos cotidianos, por ejemplo, la prohibición de que un niño juegue con muñecas por miedo a que “salga puto". Otro caso sería aislar a dicho niño de las mujeres en su vida para evitar el contagio, como si lo homosexual o femenino fuera un virus que se transmite por la proximidad. Pero incluso estando rodeado de hombres, como podría darse en un vestuario compartido, se prohíbe que su mirada roce siquiera otros cuerpos no por respeto a los demás, sino para evitar una posible reacción erótica hacia otro hombre.
Pero, ¿por qué precisamente lo femenino se convierte en el tabú fundamental de este tótem? La respuesta no es explícita en Freud, pero podemos llegar a ella mediante un análisis de la ambivalencia y la exogamia en el sistema totémico.
En Tótem y Tabú, Freud muestra que la identidad del clan se estructura alrededor de una prohibición fundacional: la exogamia, que veta a las mujeres del propio tótem como objetos de deseo11. Esta ley no es arbitraria; responde a la ambivalencia de los lazos sociales, donde el deseo y la prohibición coexisten. El tótem, por tanto, define los límites del grupo no solo por lo que une (el parentesco simbólico), sino también por lo que excluye y prohíbe.
Esta misma lógica opera en lo que Freud denomina “horda primitiva”12 que hoy en día siguen existiendo con su toque contemporáneo, un ejemplo serían los fanáticos de un equipo de fútbol. Si en la horda primitiva el tabú de la exogamia prohibía a las mujeres del propio clan para mantener la paz entre los varones, en nuestras tribus masculinas actuales el tabú se ha expandido: ya no se trata solo de prohibir a mujeres concretas, sino de excluir simbólicamente todo lo femenino como condición para pertenecer al grupo.
Si el hombre es fuerte, valiente, frío y calculador, ¿entonces qué queda para la mujer y demás feminidades? Hoy en día comprendemos el género como un espectro, tal vez como una línea que abarca todo tipo de identidad y expresión de género y en donde al principio y al fin de la línea se encuentran, en forma de total opuestos, la feminidad y la masculinidad en sus estados más “puros”.
Pero, ¿de dónde surge esta asociación primordial que emparenta lo femenino con la debilidad, la emocionalidad y, en última instancia, con una amenaza para lo masculino? Con la Revolución Neolítica y el surgimiento de la agricultura sedentaria, apareció un bien hasta entonces inexistente: la propiedad privada. Este hecho alteró para siempre la relación entre los sexos. De pronto, un hombre necesitaba estar seguro de que sus bienes pasarían a sus hijos biológicos. El cuerpo de la mujer, específicamente su capacidad reproductiva, se convirtió así en el primer botín. La virginidad femenina devino en valor de cambio, y la fidelidad conyugal en una estrategia de seguridad patrimonial.13
Esta lógica de control no se limitó a lo jurídico y económico, sino que necesitó una justificación simbólica que naturalizara la dominación. Esta justificación se construyó, precisamente, definiendo lo masculino y lo femenino como opuestos excluyentes. Los “inicios" de estas definiciones las encontramos en la Grecia antigua con sus tratados médicos. En el diagnóstico de la histeria, atribuido a un útero "húmedo" y errante, se plasma esta necesidad de oponer los sexos. Si el útero de la mujer era húmedo, blando y causante de desórdenes, entonces el hombre, por oposición, era seco, duro y estable. Así, la biología no solo se usó para diagnosticar una enfermedad, sino para construir un relato donde la mujer, y por extensión todo lo asociado a lo femenino, quedaba relegada al papel estructural del “sexo débil”14, un concepto que servía como justificación “científica” para su subordinación social. Lo que hoy percibimos como "características femeninas" son, en gran medida, el resultado de una naturalización social que castigó cualquier atisbo de fuerza, autonomía o sexualidad no controlada en la mujer.
¿Qué pasa cuando un hombre hace algo que el grupo considera "femenino"? Para entenderlo, primero hay que aclarar algo: no hay nada naturalmente débil o inferior en lo femenino. Llorar, mostrar miedo, expresar afecto o tener determinados gustos no son en sí mismos rasgos “femeninos” y, por ende, de debilidad; fueron históricamente construidos como "femeninos" y luego desvalorizados en función de una jerarquía que ubicaba al hombre en la cima. Es precisamente esta asociación histórica la que carga de horror la transgresión. El hombre que hoy se permite un gesto "femenino" no está solo mostrando vulnerabilidad; está activando el estigma, tocando el tabú más profundo: el del contagio simbólico con un estatus inferior. La reacción visceral de la horda, esa mezcla de burla, rechazo y agresión no es simple intolerancia. Responde a la lógica del tabú que Freud describe: la transgresión libera un peligro mágico que debe ser purgado.15 Al mostrar vulnerabilidad, el transgresor no sólo peca para sí, sino que contagia su condición al grupo completo (el grupo de amigos, de compañeros de clase o trabajo, a los hombres de su familia, etc.). Su acto prueba que el ideal de hombría puede ser quebrado, desatando la ansiedad de que todos podrían seguir su ejemplo y derrumbar el sistema. Freud explica que el tabú opera donde hay ambivalencia: se prohíbe con más fuerza lo que secretamente se anhela.16 Cada hombre en la horda lleva consigo el deseo reprimido de ser sin prohibiciones.
Cuando ve a otro hacerlo, no solo presencia una transgresión, sino el espectáculo de su propia liberación frustrada. La violencia con que lo sanciona es proporcional al esfuerzo psíquico que él mismo emplea para contener ese mismo deseo. Atacar al “afeminado” es, en realidad, atacar la parte de sí mismo que anhela hacer lo mismo.
Este ataque para silenciar el deseo interno no sería tan efectivo si no fuera por el poder de la masa. El mismo Freud que nos explicó el tótem y el tabú nos da la herramienta para entender su fuerza de propagación en Psicología de las masas y análisis del Yo.
Pertenencia
Si el tótem define el qué de la masculinidad y el tabú señala lo qué no, es en Psicología de las masas y análisis del Yo donde Freud responde la pregunta que hasta ahora había quedado sin responder: ¿cómo logra sostenerse el sistema? Este sistema adquiere su fuerza cuando lo entendemos no como la suma de individuos aislados, sino como el funcionamiento de una masa psicológica. Pero, ¿qué es exactamente una masa para Freud? Siguiendo a Gustave Le Bon, a quien Freud cita extensamente, la masa se define precisamente por aquel fenómeno donde el mero hecho de hallarse en multitud dota a los individuos de una especie de alma colectiva en virtud de la cual sienten, piensan y actúan de manera enteramente distinta de como lo harían aislados.17
Freud no se conforma con esta descripción. Identifica que en la teoría de Le Bon hay un fallo que lleva a una explicación circular que me recuerda a la crítica del “argumento del tercer hombre” que le hace Aristóteles a Platón. Aristóteles señalaba que la Teoría de las Ideas de Platón llevaba a una regresión infinita: si un hombre es hombre porque participa de la Idea de Hombre, entonces se necesitaría una tercera Idea para explicar qué tienen en común el hombre particular y la Idea de Hombre, y así ad infinitum. La explicación, en lugar de aclarar, se perpetúa sin llegar a un fundamento sólido.18
Freud identifica el mismo vicio lógico en cómo Le Bon explica los fenómenos de masas apelando a la sugestión. Para Freud, usar este concepto es como repetir el error que Aristóteles le señalaba a Platón: es postular un principio misterioso (la sugestión / la Idea) que, en realidad, no explica su propio funcionamiento y cuya aplicación requiere de otro elemento no identificado.
Es aquí donde introduce su concepto central: la libido, definiéndola como “la energía de aquellas pulsiones que tienen que ver con todo lo que puede sintetizarse como amor”.19 Pero, ¿hacia dónde se dirige específicamente esta energía en la tribu masculina? Freud completa su teoría señalando que la masa, el “renacimiento de la horda primitiva”20, reactiva una constelación psíquica arcaica donde el conductor de la masa sigue siendo el temido padre21. La masa, argumenta Freud, "quiere siempre
ser gobernada por un poder irrestricto, tiene un ansia extrema de autoridad, una sed de sometimiento"22.
En nuestro análisis, este "conductor" no es necesariamente un hombre de carne y hueso, sino precisamente el tótem de la masculinidad hegemónica ese ideal internalizado del "hombre verdadero". Así, el circuito libidinal queda cerrado: la energía afectiva de los hombres (su necesidad de pertenencia y conexión) se invierte en identificarse con este ideal paterno arcaico y en fortalecer los lazos fraternos con sus pares, recreando la estructura de la horda. La lealtad al código masculino no es solo una norma social, sino la actualización de esta "actitud pasiva-masoquista"23 ante la ley del padre primordial, ahora encarnada en el tótem grupal. Podemos observar esta dinámica en ejemplos contemporáneos: usaremos nuevamente como ejemplo a Andrew Tate al ser la cara de la comunidad online conocida como “Red Pill”.
Tate funciona como el padre primordial de una horda digital, un líder que proclama ser 'absolutamente un misógino'24 y que encarna un ideal totémico de masculinidad basado en la riqueza, el control sobre las mujeres y la agresividad. Sus seguidores, predominantemente adolescentes y hombres jóvenes, forman una 'tribu' cuya cohesión depende de la inversión de su libido en este ideal y en los lazos fraternos que los unen frente a un enemigo común: lo femenino y lo feminista. La lealtad a este código se vigila mediante un tabú riguroso contra la vulnerabilidad, usando lo femenino como insulto para purgar cualquier desviación25. Así, la transgresión no es solo una falta al código, sino una ruptura del lazo libidinal que los une a la horda y al padre primordial que les promete poder en un mundo que, les hace creer, los ha victimizado.
Esta lógica del tabú, sin embargo, no escapa al cambio. Como todo sistema totémico, debe radicalizarse para mantener su pureza. Así, lo que comienza como la prohibición básica de llorar o mostrar vulnerabilidad, evoluciona hacia un catálogo cada vez más absurdo de restricciones que demuestran hasta qué punto el individuo está dispuesto a someter su autonomía al ideal del grupo. El mismo Tate llega a sugerir prohibiciones que rayan lo caricaturesco: que ver Star Wars te hace "pobre y virgen"26, que practicar yoga "afemina", o que preocuparse por la nutrición es "de homosexual".
El genio perverso de este mecanismo radica precisamente en su creciente absurdidad. Al obedecer reglas cada vez más arbitrarias e ilógicas, el hombre demuestra que su lealtad al tótem está por encima de su propio criterio. La renuncia a su autonomía intelectual se convierte en la prueba máxima de pertenencia. Ya no se trata sólo de reprimir emociones, sino de entregar la capacidad de pensar al juicio del padre totémico. Cada nueva prohibición surrealista funciona como un ritual de pureza que refuerza los límites del grupo mediante la exclusión de lo “contaminante”.
Esta expansión del tabú hacia lo aparentemente trivial revela la naturaleza totalitaria del sistema totémico masculino: nada escapa a su lógica de vigilancia. La masculinidad, en este punto, deja de ser una identidad para convertirse en una cárcel de gestos, gustos y pensamientos vigilados, donde la energía que podría usarse para el autoconocimiento o la conexión auténtica se invierte en memorizar y hacer cumplir un manual cada vez más extenso e ilógico de prohibiciones.
Consecuencias
Y, ¿cuál es el resultado de vivir en este estado de vigilancia constante? ¿Qué le sucede al hombre que, para mantener su lugar en la tribu, debe reprimir sistemáticamente su vulnerabilidad, su miedo, su deseo de conexión genuina, y ahora hasta sus gustos personales? Aquí es donde el diagnóstico de Freud en El malestar en la cultura se vuelve relevante para este ensayo.
Freud postula que la civilización se edifica sobre la renuncia pulsional27, un pacto donde sacrificamos parte de nuestros deseos a cambio de seguridad y pertenencia. Pero en el caso del mandato masculino, esta renuncia adquiere un carácter particularmente brutal: es la mutilación sistemática de capacidades humanas fundamentales como la ternura, la empatía, la vulnerabilidad, la autonomía intelectual en el altar del tótem grupal.
El hombre que cumple exitosamente con el ideal totémico no es un hombre realizado, sino un hombre mutilado. Como señala Freud, la pulsión reprimida siempre regresa, y en este caso lo hace como violencia dirigida hacia afuera como la misoginia, la homofobia y la rivalidad extrema que caracterizan a las comunidades "Red Pill", o hacia adentro, en la forma de lo que él identificaba como autocastigo del Superyó: depresión, ansiedad, adicciones28 y ese vacío existencial que persigue al hombre que ha logrado todo lo que el tótem le exige (éxito, dinero, mujeres) pero sigue sintiéndose profundamente insatisfecho.
Lejos de ser síntomas individuales, son estructurales de lo que podríamos llamar el malestar masculino o normalmente conocida online como “la epidemia de soledad masculina" ("male loneliness epidemic”). La cultura patriarcal, al imponer este modelo de masculinidad, garantiza su propia reproducción a cambio de producir sujetos emocionalmente empobrecidos. La horda exige como precio de pertenencia la represión de lo femenino interno, y el Superyó cultural vigila con severidad que esta renuncia se cumpla, generando una conciencia de culpa constante por no poder alcanzar un ideal inhumano en constante cambio.
En nuestra época, este malestar adopta nuevas modalidades. En la ansiedad de performance del hombre que debe demostrar constantemente su valor, en el vacío existencial tras alcanzar los logros que el tótem le exige, y en la rabia impotente que explota en foros online y relaciones personales. La horda no solo refuerza el
mandato, sino que se convierte en el espacio donde se proyecta este malestar, buscando chivos expiatorios en lo femenino para no tener que confrontar la fuente real del sufrimiento: la jaula de la propia masculinidad.
Conclusión
Al mirar hacia atrás, hacia los espacios sociales donde empezó todo, veo ahora con más claridad el mecanismo detrás del código. No era solo un conjunto de reglas absurdas, eso sólo era el principio de la cuestión. La masculinidad sí resulta ser esa negociación dolorosa: es un pacto donde entregamos pedazos enteros de nosotros mismos (la capacidad de conectar, de sentir, a veces hasta de pensar con libertad) a cambio de un lugar en la tribu.
¿Y qué significa esto para la feminidad? Significa haber sido constituida como el "otro" necesario contra el cual se define la hombría, simbolizando todo lo que debe ser rechazado para pertenecer. Pero también significa cargar con las consecuencias de un pacto del que es excluida: ser el botín de la horda, tener que hacerse cargo del trabajo emocional que los hombres reprimen, y convertirse en el blanco de la violencia que este sistema ejerce para mantenerse en pie.
¿Qué hacemos con todo esto? Estas nuevas masculinidades que buscan “volver a lo tradicional”, me parecen el síntoma más claro de que el malestar se ha vuelto insoportable. Cada nueva ola del feminismo no hace más que profundizar una herida que ya existía en el ego machista, forzándonos a los hombres a admitir una incómoda verdad: No somos víctimas del feminismo, sino que el feminismo existe como respuesta a la violencia de un sistema del que nos beneficiamos, pero al cual también padecemos.
Entonces, si al principio nos preguntábamos de dónde provenían esos mandatos que nos exigen ser masculinidades tóxicas, si todo este recorrido nos mostró que su origen está en el miedo a lo femenino y en la necesidad de sostener este sistema patriarcal, quizás la pregunta que sigue no es por qué nos aferramos a ese pacto, sino qué pasaría si los vínculos entre varones no necesitaran sostenerse mediante esas prohibiciones. No se trata de dejar de ser hombres, sino de redefinir la masculinidad no como algo contrario y superior a la feminidad, sino como algo en sí mismo en donde la vulnerabilidad, el afecto y el cuidado no sean vividos como una amenaza.
Citas
1 Aristóteles. Política. Página 58, 1254 b 8. (1988)
2Kroeber, A. L., The superorganic, Páginas 173-174. (1917)
3 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 11. (1991)
4 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 12. (1991)
5 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 16. (1991)
6 Téllez Infantes, A., Verdú Delgado A. D., El significado de la masculinidad libre. Página 84. (2011)
7 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 30. (1991)
8 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 74. (1991)
9 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 40. (1991)
10 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 42. (1991)
11 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 27. (1991)
12 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 143. (1991)
13 Engels, F., El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Página 22. (1884)
14 Canal Fundación Juan March. Vida cotidiana en la antigua Grecia (I): las mujeres en Atenas. Minuto 8. (6 de junio de 2025)
15 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 44. (1991)
16 Freud, S. S., Tótem y tabú. Página 37. (1991)
17 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Páginas 69-70. (1992) 18 Vlastos, G.,The third man argument in the Parmenides. Páginas 319-349. (1954) 19 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Página 86. (1992) 20 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Página 117. (1992) 21 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Página 118. (1992) 22 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Página 120. (1992) 23 Freud, S. S., Psicología de las masas y análisis del Yo. Página 121. (1992) 24 BBC News. Who is Andrew Tate?. PA Media. (27 de Febrero 2025) 25 Renteria, C., En español: Machismo, toxic masculinity and boys, part one. (11 de Agosto de 2021)
26 Tate, A. [@OfWudan]. (12 de Abril de 2019)
27 Freud, S. S., Malestar en la cultura. Página 128. (1992)
28 Freud, S. S., Malestar en la cultura. Páginas 119-120. (1992)
Bibliografía
Aristóteles. (1988). Política. Editorial Gredos.
BBC News. (2025, 27 de febrero). Who is Andrew Tate?. PA Media. https://www.bbc.com/news/uk-64125045
Canal Fundación Juan March. (2025, 6 de junio). Vida cotidiana en la antigua Grecia (I): las mujeres en Atenas • La March [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=UOh8Y_mQbhw
Engels, F. (1884). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Editorial Progreso.
Freud, S. S. (1991). Tótem y tabú y otras obras. En Obras completas (Vol. 13). Amorrortu Editores.
Freud, S. S. (1992). Más allá del principio de placer, Psicología de las masas y análisis del Yo. En Obras completas (Vol. 18). Amorrortu Editores.
Freud, S. S. (1992). El porvenir de una ilusión, Malestar en la cultura. En Obras completas (Vol. 21). Amorrortu Editores.
Kroeber, A. L. (1917). The superorganic. American Anthropologist, 19(2), 163–213.
Renteria, C. (2021, 11 de agosto). En español: Machismo, toxic masculinity and boys, part one. Little Village Magazine. https://littlevillagemag.com/en-espanol-machismo-toxic-masculinity-and-boys-part-on e/
Tate, A. [@OfWudan]. (2019, April 12). Never seen Star Wars. None of them. “Omg you're missing out”. Maybe. You are missing out on being a multi billionaire. Keep your movie [Post]. X. https://twitter.com/OfWudan/status/1116761427343060992 (Cuenta eliminada)
Téllez Infantes, A. y Verdú Delgado, A. D. (2011). El significado de la masculinidad libre.
Vlastos, G. (1954). The third man argument in the Parmenides. The Philosophical Review, 63 (3), 319–349.




Comentarios