El mito de la “Argentina blanca”: qué hay detrás del debate que volvió con el Mundial
Actualizado: 31 ago
Por: Debora Riveros, estudiante de Historia UNSAM y Gabriel Alt.
El debate que volvió a abrirse durante el Mundial sobre la supuesta “ausencia de negros” en la Selección Argentina no es una simple discusión futbolística. Detrás de esa polémica aparece una pregunta mucho más profunda: ¿cómo se construyó la idea de una Argentina blanca y europea?

Luego de la participación de la Selección Argentina de Fútbol en la Copa del Mundo de EE. UU. 2026, un debate que ya había aparecido durante el Mundial de Qatar volvió a inundar las pantallas y las redes sociales: la supuesta “ausencia” de jugadores afrodescendientes en el plantel nacional. Desde medios internacionales hasta usuarios de redes sociales, distintas voces volvieron a presentar a la Argentina como una sociedad excepcionalmente “blanca” dentro de una América Latina caracterizada, supuestamente, por el mestizaje y la diversidad racial.
Detrás de los señalamientos hipócritas provenientes de las potencias imperialistas europeas, pero también de las simplificaciones y distorsiones locales, se esconde una discusión de honda raíz histórica. ¿Es Argentina una nación homogéneamente “blanca y europea”, como sostuvo durante décadas buena parte de la narrativa oficial?
¿O esta imagen es el resultado de un largo proceso histórico en el que el Estado, las élites, la escuela, los censos y los discursos dominantes contribuyeron a construir una determinada imagen de quiénes formaban parte de la nación y quiénes quedaban relegados al lugar de la alteridad?
La discusión no puede reducirse al color de piel de los jugadores de una selección de fútbol. Tampoco alcanza con responder que “Argentina tiene negros” o que “Argentina no es blanca”. El problema es mucho más profundo: ¿cómo se construyó históricamente la idea de una Argentina blanca y europea y qué función cumplió esa construcción?
En este artículo nos proponemos abordar el “problema de la raza” desde una perspectiva académica y de marcada vocación política emancipatoria. Porque desmontar el mito de la “Argentina blanca” no constituye solamente un ejercicio de memoria histórica. Significa también preguntarnos de qué manera las clases dominantes construyeron mecanismos para clasificar, jerarquizar y dividir a la población y cómo esas divisiones sobreviven, transformadas, hasta nuestros días.
Las élites, el positivismo y la construcción del mito de la “Argentina blanca”
Para comprender la configuración social contemporánea, resulta imprescindible analizar los proyectos de construcción estatal del siglo XIX en América Latina. Las élites dirigentes argentinas enfrentaron el mal llamado “problema de la raza” apoyándose en el positivismo, el evolucionismo social y las teorías raciales de prestigio europeo. Desde estas perspectivas, el progreso, la civilización y el desarrollo económico se asociaban exclusivamente con las poblaciones de origen europeo, mientras que las comunidades indígenas, afros y mestizas eran caracterizadas como sectores atrasados e incapaces de protagonizar la modernización capitalista (Halperin Donghi, 1984, p. 223).
Esto no fue simplemente una cuestión de prejuicios individuales. Formó parte de un proyecto de construcción estatal y social. Las élites latinoamericanas buscaban incorporar sus países al mercado mundial y construir Estados nacionales capaces de garantizar “el orden”, la propiedad y la inserción dependiente en la economía internacional. En ese proceso, Europa funcionó como “modelo de civilización” y las poblaciones consideradas “no europeas” fueron ubicadas en el lugar de aquello que debía ser disciplinado, integrado desde posiciones subordinadas o directamente eliminado.
En la Argentina, este proceso adquirió matices singulares. Se erigió sobre la construcción ideológica de una identidad nacional pretendidamente “blanca y europea”. Hernán Otero (especialista en sociohistoria de la estadística) demuestra que los censos y los sistemas estadísticos nacionales no constituyeron meros registros neutros de datos, sino verdaderas herramientas activas en la edificación del imaginario colectivo. “El grado de diferenciación de la población es esencial para percibir la imagen de nación” (Otero, 2007, p. 161), esta afirmación resulta central para comprender el problema. Los números también tienen historia. Un censo establece categorías, define qué características son relevantes y determina qué poblaciones serán visibles para el Estado y cuáles quedarán fuera de sus clasificaciones.
Por eso la pregunta no debería ser solamente cuántos afrodescendientes o indígenas había en determinado momento histórico. También deberíamos preguntarnos: ¿quién decidió qué significaba ser “negro”, “indígena”, “mestizo” o “blanco”? ¿Cuándo esas categorías comenzaron a desaparecer de los registros? ¿Qué consecuencias tuvo dejar de nombrarlas?
A lo largo de las décadas del siglo XIX, las categorías censales eliminaron e invisibilizaron progresivamente las variables relativas a afrodescendientes e indígenas, convirtiendo a la estadística en una “ceremonia” y “símbolo” destinado a legitimar la imagen de un país homogéneo (Otero, 2007, p. 163). Aquí aparece una de las claves del mito de la “Argentina blanca”: la ausencia de una categoría estadística no equivale a la desaparición de las personas que esa categoría nombraba.
La población afroargentina no desapareció mágicamente porque dejara de ser registrada de la misma manera. Tampoco los pueblos originarios dejaron de existir porque el Estado los incorporara a nuevas categorías administrativas o porque la historiografía oficial presentara la expansión territorial como una simple epopeya nacional. La estadística podía contribuir, así, a producir una determinada imagen de la realidad. Una población podía existir socialmente y, al mismo tiempo, volverse progresivamente menos visible en los instrumentos mediante los cuales el Estado describía a la nación.
A comienzos del siglo XXI, la reincorporación de las preguntas sobre la autopercepción respecto a la pertenencia o descendencia de pueblos originarios y afrodescendientes en los Censos Nacionales de Población terminó de resquebrajar de forma definitiva el mito de la “Argentina blanca”. La medición del autorreconocimiento reveló que más de un millón de personas se identifican como pertenecientes o descendientes de pueblos originarios y cientos de miles como afrodescendientes. Estos datos no expresan la aparición repentina e inédita de una nueva población, sino el afloramiento de una realidad histórica que la invisibilización burocrática y la ingeniería estadística del Estado habían intentado sepultar durante más de un siglo.
La historiadora Mónica Quijada señala cómo la sociedad argentina llegó a autoimaginarse como “un pueblo homogéneamente blanco, diferente y único respecto de la América Latina mestiza” (Quijada, 2004, p. 426). La autora desmonta el mito del exterminio biológico total: más que una desaparición física absoluta, aunque es claro que los sucesivos gobiernos centrales aplicaron un brutal genocidio, lo que operó fue un prolongado proceso de negación ideológica y reclasificación burocrática (Quijada, 2004, p. 428).
Esto obliga a complejizar una idea muy instalada. La construcción de una nación blanca no implicó necesariamente que toda la población argentina se volviera efectivamente europea. Implicó, sobre todo, que el Estado y las clases dominantes construyeran una determinada manera de imaginarla.
La “blancura” argentina fue, en buena medida, una identidad política y social antes que una descripción objetiva de la población.
Un ejemplo paradigmático de este ocultamiento identitario es el de Bernardino Rivadavia, cuya ascendencia afrodescendiente fue objeto de diferentes referencias y disputas en la sociedad de su época, mientras que en los registros censales de 1810 aparece clasificado como “hombre blanco”. El episodio permite observar que las clasificaciones raciales no eran categorías naturales e inmutables: podían ser disputadas, modificadas y utilizadas socialmente.
No se trata de descubrir cuál era el “verdadero color” de piel de una figura histórica. Lo importante es comprender que la pertenencia racial era una clasificación social atravesada por relaciones de poder.
El mito de la “nación venida de los barcos” —reproducido incluso en declaraciones de expresidentes como Alberto Fernández— no constituye una simple anécdota del discurso público: es un pilar ideológico persistente que naturaliza el orden eurocéntrico y niega las raíces profundas e indudables de la clase trabajadora argentina.
Pero hay algo todavía más importante: esa narrativa no solamente borró a quienes no encajaban en el modelo europeo. También permitió presentar como natural una determinada estructura social.
Porque si la Argentina era imaginada como una nación homogénea, descendiente principalmente de europeos, las diferencias sociales podían ser explicadas exclusivamente por el esfuerzo individual, la educación o el “mérito”. La explotación, la desigualdad y la subordinación podían aparecer entonces como problemas individuales y no como relaciones sociales.
Ahí es donde la cuestión racial comienza a encontrarse con la cuestión de clase.
Una nación que borró a quienes no encajaban en su relato
La construcción de la “Argentina blanca” no puede comprenderse separando la historia de los pueblos originarios, la de la población afroargentina y la formación de la clase trabajadora.
La población afroargentina integró la sociedad colonial y la naciente nación. Personas esclavizadas y libres participaron en la producción, la vida urbana, las milicias y la sociedad. Sin embargo, la abolición de la esclavitud no eliminó las desigualdades heredadas. Como muestra Magdalena Candiotti (especialista en historia de la esclavitud, la abolición y la población afrodescendiente en el Río de la Plata), el tránsito entre la esclavitud, el patronato y el trabajo remunerado estuvo atravesado por relaciones de subordinación que no desaparecieron con el cambio jurídico (Candiotti, 2021). Hablar de “desaparición” sin analizar este proceso desplaza a los sujetos y reproduce la invisibilización histórica.
Algo similar ocurrió con los pueblos originarios: la expansión territorial estatal fue presentada como la marcha del progreso sobre territorios supuestamente vacíos. La categoría de “desierto” resulta reveladora, ya que bastaba con considerar a sus habitantes ajenos al proyecto nacional dominante para declarar el territorio vacío. El problema racial estuvo así íntimamente vinculado con la propiedad y el territorio (quién podía poseer tierras, ejercer la ciudadanía, ser trabajador “civilizado” o ser rotulado como amenaza).
La construcción de jerarquías raciales no reemplazó a las relaciones de clase, pero contribuyó a organizarlas y legitimarlas. El capitalismo necesita trabajadores, pero los necesita divididos: una clase trabajadora fragmentada por nacionalidad, origen, color de piel, género o lugar de nacimiento halla mayores dificultades para reconocerse como fuerza común. Así, la burguesía puede pagar salarios diferentes, distribuir tareas jerárquicas y enfrentar a los trabajadores entre sí usando el prejuicio racial, la xenofobia y el nacionalismo.
Esto no reduce la raza mecánicamente a la clase: el racismo posee formas específicas de opresión y experiencias concretas que no se agotan en la explotación económica. Sin embargo, raza y clase se cruzan históricamente. Como analizaba León Trotsky en sus debates sobre la cuestión negra, la lucha contra la opresión racial y la superexplotación no es un aspecto secundario del combate contra el capital. Por el contrario, la organización independiente de los sectores más oprimidos —libre de la subordinación a las burguesías o a las burocracias reformistas— puede convertirse en un verdadero motor de regeneración y unificación para el conjunto de la clase trabajadora, rompiendo el corporativismo y la pasividad del sindicalismo tradicional.
En la Argentina contemporánea, esto se observa en el uso cotidiano de la palabra “negro”, que muchas veces no designa una pertenencia racial sino al pobre, al habitante de una villa, al trabajador precarizado, al migrante latinoamericano o al joven de un barrio popular. Se convierte en una categoría social que traza una frontera entre un “nosotros” (ciudadanos respetables) y un “ellos” (cuya pobreza se transforma en marca moral). De este modo, el racismo sobrevive aunque las viejas clasificaciones biológicas pierdan legitimidad.
¿Dónde está hoy la “Argentina blanca”?
El mito no desapareció. Se transformó.
Hoy puede aparecer en un comentario de redes sociales, en un discurso político, en una representación televisiva o en la forma en que determinados sectores hablan de los migrantes de países latinoamericanos.
Puede aparecer cuando un trabajador paraguayo, boliviano o peruano es presentado como responsable de la precarización, como si la explotación laboral fuera consecuencia de la existencia del migrante y no de las decisiones de empresarios y gobiernos.
Puede aparecer cuando la pobreza es convertida en una característica cultural de los sectores populares. Puede aparecer cuando una comunidad originaria reclama tierras y es presentada como enemiga del “progreso”.
Puede aparecer cuando un joven de un barrio popular es construido como amenaza antes incluso de que haya cometido un delito. Y puede aparecer, también, en la idea aparentemente inocente de que “los argentinos somos descendientes de europeos”.
La frase puede parecer una descripción familiar. Pero históricamente funcionó como mucho más que eso. Porque cuando una sociedad se imagina exclusivamente como europea, quienes no encajan en esa imagen aparecen como extranjeros, aun cuando hayan nacido aquí durante generaciones.
Retomando la polémica desencadenada durante el Mundial de Qatar y retomada en 2026 por la supuesta “falta de negros” en la Selección Argentina, es imprescindible desenmascarar el cinismo con el que determinadas potencias imperialistas y sus usinas mediáticas tratan el problema del racismo.
Representantes de los Estados imperialistas europeos —con Francia a la cabeza— intentan erigirse en jueces de la moral antirracista global. Sin embargo, se trata de los mismos Estados imperialistas que sostienen un historial sangriento de saqueo colonial, masacres en África y Asia, y distintas formas de represión y discriminación contra poblaciones racializadas dentro de sus propias fronteras. Sus fronteras son fortalezas donde mueren miles de migrantes, mientras dentro de sus países se desarrollan políticas de criminalización y persecución contra trabajadores migrantes e indocumentados.
La contradicción no podría ser más evidente: el imperialismo puede utilizar un lenguaje antirracista mientras mantiene relaciones económicas y políticas profundamente desiguales con pueblos de África, Asia y América Latina. Asimismo, sectores burgueses de otros países latinoamericanos agitan demagógicamente la carta del “antirracismo” contra la Argentina para canalizar un chauvinismo reaccionario.
Pero sería un error responder a esa hipocresía negando el racismo existente en nuestro propio país. La posición debe ser exactamente la contraria. Reconocer el racismo argentino es una condición para combatirlo.
No necesitamos elegir entre dos mentiras: entre quienes dicen que Argentina es una nación completamente blanca y quienes pretenden presentar al conjunto de los argentinos como responsables colectivos de un proceso histórico construido por sus clases dominantes.
Los trabajadores no tenemos nada que defender de las políticas racistas de las élites. Y tampoco tenemos nada que ganar aceptando que las potencias imperialistas se presenten como tribunales morales de los pueblos oprimidos.
El racismo que debe denunciarse en Argentina no es una marca biológica ni una excepción única; es producto de una historia concreta y se reproduce dentro de un sistema imperialista global. El capitalismo necesita fragmentar a las clases explotadas mediante la raza, la nacionalidad y el género. Usar el antirracismo para estigmatizar a todo un pueblo oprimido del Sur Global solo fortalece a las potencias dominantes.
Reconocer que en la Argentina existió y existe racismo, e invisibilización activa de nuestras raíces indígenas y afrodescendientes, no debe servir para colocarnos como chivo expiatorio de la reacción internacional.
Por el contrario, la delimitación debe ser clara: la burguesía y los políticos de turno buscan permanentemente estigmatizar todo lo que no responda al canon occidental y blanco para dividir el frente de los oprimidos.
Y esa división puede adoptar diferentes formas:
El trabajador argentino contra el migrante.
El estudiante nativo contra el estudiante extranjero.
El trabajador formal contra el precarizado.
El habitante del centro contra el habitante del barrio popular.
El trabajador contra el pueblo originario que reclama sus tierras.
El pobre contra el pobre.
En todos esos casos, la discusión termina desviándose del verdadero problema: quién controla la riqueza y quién vive de su trabajo.
Destruir el mito para construir una fuerza común
Para los estudiantes y trabajadores que nos organizamos en la Universidad Nacional de San Martín y leemos Metamorfosis, comprender la historia de la “nación blanca” tiene una función práctica e impostergable: destruir las barreras de división que la ideología dominante impone dentro de nuestra propia clase. Ya sea el trabajador precarizado del conurbano, el compañero originario, el afrodescendiente o el migrante latinoamericano, todos compartimos una misma condición de explotación frente a los gobiernos serviles al imperialismo y las corporaciones.
Sin embargo, superar los límites del sindicalismo tradicional, del adaptacionismo electoral o de las variantes neostalinistas no se logra únicamente haciendo mejor propaganda. Se requiere una orientación metodológica precisa: estar dispuestos a volcar energías, cuadros y recursos para impulsar organizaciones de frente único e independientes de lucha, aunque inicialmente sean locales o pequeñas, que sistematicen la pelea contra la represión policial, la precarización y la discriminación.
Esa unidad de clase no se construye negando las diferencias ni diciendo de forma abstracta que “todos somos trabajadores” si al mismo tiempo se tolera la discriminación a un migrante, la persecución a una comunidad originaria o la estereotipación de un trabajador afrodescendiente. Significa combatir las opresiones específicas desde una perspectiva común, ligando la lucha por las demandas propias de los sectores racializados con la estrategia revolucionaria del conjunto de nuestra clase.
En la universidad —un espacio que no está exento del racismo, la xenofobia y las jerarquías sociales— esto exige discutir qué historia se enseña, qué autores se leen y qué sujetos integran los programas, pero también construir organismos comunes entre el movimiento estudiantil y la nueva clase trabajadora. Desmontar la “Argentina blanca” no implica inventar una Argentina idealmente mestiza ni negar la inmigración europea, sino rechazar que una sola herencia defina quiénes somos.
La Argentina real fue construida por trabajadores criollos, indígenas, afroargentinos, inmigrantes europeos y migrantes latinoamericanos. La historia oficial intentó separarlos; nuestra tarea es comprender por qué y construir las herramientas políticas y organizativas para evitar que esa división vuelva a imponerse.
Desarmar los mitos raciales de la élite es disputar quién tiene derecho a definir qué es la Argentina. Desde una perspectiva de clase, la respuesta es contundente: la Argentina no pertenece a una nación blanca, europea y homogénea, sino a quienes la trabajan, la estudian, la habitan y luchan por transformarla. Frente al racismo, la xenofobia y el nacionalismo reaccionario, necesitamos la unidad concreta de trabajadores argentinos y migrantes, pueblos originarios, afrodescendientes, estudiantes y sectores populares. Si la clase dominante construyó fronteras para dividirnos, nuestra tarea histórica es derribarlas y reconocernos como una fuerza común.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
-Candiotti, M. (2021). Una historia de la emancipación negra. Introducción y Cap. 3: “Patronato. Entre la protección infantil y el trabajo remunerado”. Buenos Aires: Siglo XXI.
-Halperin Donghi, T. (1984). Historia Contemporánea de América Latina. Cap. 4: “Surgimiento del orden neocolonial” (pp. 215-243). Madrid: Alianza.
-Otero, H. (2007). “El concepto de población en el sistema estadístico nacional”. En S. Torrado (Comp.), Población y bienestar en la Argentina del primero al segundo centenario. Buenos Aires: Edhasa.
-Quijada, M. (2004). “De mitos nacionales, definiciones cívicas y clasificaciones grupales. Los indígenas en la construcción nacional argentina, siglos XIX a XXI”. En W. Ansaldi (Coord.), Calidoscopio latinoamericano. Buenos Aires: Ariel Historia.




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